Había oscurecido completamente y
la iluminación provenía del foco delantero de las más de millón de motos que
correteaban como pollos sin cabeza hacia, aparentemente, ninguna dirección concreta. Las calles sin
señalización, y el posterior caos generado por los 8 millones de insectos
atrapados en la urbe moviéndose sin orden, emanaban una sensación claustrofóbica
similar a estar encerrado en un hormiguero cuya vida avanzaba a 50 k/h. Cada hexápodo
tiene su propósito, pero si no perteneces a la organización establecida, es
imposible darle sentido a lo que fluye con normalidad a tu alrededor.
La seguridad del taxi otorgaba un
pequeño habitáculo de paz en la guerra automovilística que se daba en la
carretera. Los peatones obligados a caminar sobre la calzada de la carretera
ante la imposibilidad de hacerlo por la acera, que estaba permanentemente
cubierta de sillas donde sentarse y disfrutar del típico café chacoloteado
famoso en la zona. Las motocicletas aparcadas en fila esperando ser reparadas
por algún XE MAY autodidacta. En la carretera, se juntaban vehículos en contra
dirección serpenteando ágilmente esquivando una muerte segura cada medio metro,
y ríos adyacentes de caos que se unían al caudal sin señalizar su paso,
provocando bocinazos y frenazos in extremis para salvar colisiones.
Como era habitual, no tenía
absolutamente ni idea de a donde me dirigía. Aquella ciudad era completamente
ajena a mi conocimiento. No quedaba más remedio que fiarte de la bondad de un
pueblo que no tenía nada, y que sin embargo te daba todo simplemente con una
ligera sonrisa. Aunque en este caso, estaba seguro que me dirigía a buen
puerto, la señorita de la agencia se mostró especialmente cariñosa conmigo. Una
proposición de intimidad me daba la seguridad de que debía confiar en el taxista
y en los billetes que me había solicitado sin yo pedírselo.
La estación, con solo capacidad
para un tren estaba prácticamente desolada. No había prácticamente un alma en
la entrada. Atravesé las enormes columnas estilo post-modernista y cruce el
hall cuya altura se elevaba dos pisos por encima de lo habitual. El techo,
cubierto por cristaleras rectangulares dejaba pasar la luz tenue de la luna transmitiendo
un aspecto lúgubre al recinto. El tren se veía desde la mismísima entrada, y el
final de la vía marcaba una única
dirección a seguir, norte, destino Hanói.
Acercándome a la entrada de lo
que suponía un encarcelamiento voluntario durante dos días, caí en la cuenta de
mi estupidez. No por el hecho de haber reservado un tren de dos días en vez de
un transporte más rápido, aunque más caro, que también. Sino por no haber
comprado aporte calórico para las largas horas de viaje. La opción de intimar
con una señorita nativa había nublado mi juicio y me encontraba en las puertas
de una dieta un tanto extrema.
Si bien es cierto que en viajes
tan largos es una obligación dar de comer a los pasajeros, estaba en un País
desconocido y no era la primera vez que pensando en recibir algo de jalar tras un trayecto de 17 h, me quedaba con el estómago
vacío. Pero 48 horas eran muchas horas sin comer. Revise minuciosamente mi
mochila llena hasta los topes y la fortuna me sonrió un poquito. Dos paquetes
de Oreo y una botella de agua que contabilizaban 1800 Kcal de pura basura.
Estaba listo para entrar.
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