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viernes, 24 de febrero de 2017

La llave del cubículo


Había oscurecido completamente y la iluminación provenía del foco delantero de las más de millón de motos que correteaban como pollos sin cabeza hacia, aparentemente,  ninguna dirección concreta. Las calles sin señalización, y el posterior caos generado por los 8 millones de insectos atrapados en la urbe moviéndose sin orden, emanaban una sensación claustrofóbica similar a estar encerrado en un hormiguero cuya vida avanzaba a 50 k/h. Cada hexápodo tiene su propósito, pero si no perteneces a la organización establecida, es imposible darle sentido a lo que fluye con normalidad a tu alrededor.
La seguridad del taxi otorgaba un pequeño habitáculo de paz en la guerra automovilística que se daba en la carretera. Los peatones obligados a caminar sobre la calzada de la carretera ante la imposibilidad de hacerlo por la acera, que estaba permanentemente cubierta de sillas donde sentarse y disfrutar del típico café chacoloteado famoso en la zona. Las motocicletas aparcadas en fila esperando ser reparadas por algún XE MAY autodidacta. En la carretera, se juntaban vehículos en contra dirección serpenteando ágilmente esquivando una muerte segura cada medio metro, y ríos adyacentes de caos que se unían al caudal sin señalizar su paso, provocando bocinazos y frenazos in extremis para salvar colisiones.
Como era habitual, no tenía absolutamente ni idea de a donde me dirigía. Aquella ciudad era completamente ajena a mi conocimiento. No quedaba más remedio que fiarte de la bondad de un pueblo que no tenía nada, y que sin embargo te daba todo simplemente con una ligera sonrisa. Aunque en este caso, estaba seguro que me dirigía a buen puerto, la señorita de la agencia se mostró especialmente cariñosa conmigo. Una proposición de intimidad me daba la seguridad de que debía confiar en el taxista y en los billetes que me había solicitado sin yo pedírselo.
La estación, con solo capacidad para un tren estaba prácticamente desolada. No había prácticamente un alma en la entrada. Atravesé las enormes columnas estilo post-modernista y cruce el hall cuya altura se elevaba dos pisos por encima de lo habitual. El techo, cubierto por cristaleras rectangulares dejaba pasar la luz tenue de la luna transmitiendo un aspecto lúgubre al recinto. El tren se veía desde la mismísima entrada, y el final de la vía marcaba una única  dirección a seguir, norte, destino Hanói.
Acercándome a la entrada de lo que suponía un encarcelamiento voluntario durante dos días, caí en la cuenta de mi estupidez. No por el hecho de haber reservado un tren de dos días en vez de un transporte más rápido, aunque más caro, que también. Sino por no haber comprado aporte calórico para las largas horas de viaje. La opción de intimar con una señorita nativa había nublado mi juicio y me encontraba en las puertas de una dieta un tanto extrema.

Si bien es cierto que en viajes tan largos es una obligación dar de comer a los pasajeros, estaba en un País desconocido y no era la primera vez que pensando en recibir algo de jalar  tras un trayecto de 17 h, me quedaba con el estómago vacío. Pero 48 horas eran muchas horas sin comer. Revise minuciosamente mi mochila llena hasta los topes y la fortuna me sonrió un poquito. Dos paquetes de Oreo y una botella de agua que contabilizaban 1800 Kcal de pura basura. Estaba listo para entrar.